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Pedos | Dale que te blog

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28/10/2009
/ Por Glan

Me gustaría saber si fue un puto yankee de vacaciones en nuestro Torremolinos o un mamón después de unas largas vacaciones al otro lado del charco, el que tuvo la genial idea de importarnos esa pollada que como siempre, una vez más, nos hemos tragado y hecho nuestra. Esa gilipollez que viene a sustituir a nuestro tradicional Día de todos los Santos, por una explosión de consumismo, disfraces a cual más cutre, calabazas destrozadas para disfrute del personal y engorde de todos los listillos que ven genial la escusa para vender, vender y vender a todo tonto que quiera comprar, comprar y comprar, articulitos para la cita.

¿Está claro?

¡¡A mi no, eh!! Anda e iros a tomar por el culo con vuestro invento, que yo me quedo tal cual, pensando que ese día es costumbre para los creyentes de esas creencias que algunos ni se las creen, ir a los cementerios donde yacen sus  seres queridos, ponerles flores y recordarles que los echan mucho de menos, o puede que no tanto, pero de ahí a vestir a mis niños de gamba para ir pidiendo caramelos al vecino del quinto pues como que no, ahí no entro.

Si de costumbres se trata aquí las tenemos para estos días, tales como hincharnos de castañas compradas en esos puestos ambulantes que nos atraen igualmente resguardándonos del frío y que algo tienen que ver con el “magosto” que celebran en Galicia. Después de esa “pechá” de fagáceas, nada mejor que una buena tirada de pedos que de ahí vendrá aquello de toma castañas… o no?

¡¡Venga, feliz día de Hallopollas en vinagre!!

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17/09/2009

He de reconocer que jamás he tenido ascensores fiscales, ni contable, ni nada ni nadie que se la parezca. Tampoco los tengo en mi casa para subir a la planta de arriba o bajar a la planta de abajo. Desde que hace unos años estuve a punto de perder mi antebrazo izquierdo por atrapamiento (¿cuál es el sustantivo para aplicar al verbo atrapar?) mi relación con los ascensores-elevadores-montacargas no ha sido de las que gozan de la mayor de las confianzas.

Sin embargo, los ascensores son como los w.c. Me explico. Los w.c., en los que te sientas y estás a solas, con la puertecita cerrada, para llevar a cabo los menesteres propios de un lugar tan mítico e insigne (que no enumero por estar sujeto a una ingente cantidad de variaciones según la intenciones de cada individuo), son un lugar de culto, un sitio al que vas para dar lo mejor y/o peor de ti, un habitáculo que se puede asemejar a un idílico paraíso de retiro, o a la carcel más dura y cruel.

Como iba diciendo, los ascensores son muy parecidos, aunque dependiendo de si entras solo o acompañado (como al váter, si vas solo no haces lo mismo que si vas acompañado, o depende, claro). Al tratarse, normalmente, de lugares públicos, al utilizar un ascensor (o un váter), si vas solo puedes aprovechar para hacer esa llamada indiscreta, que no deseas que nadie oiga, para hacerte una trepanación vía fosas nasales, para dar rienda suelta a esos vientos de ultratumba que hacen que desees llegar al aire libre lo antes posible o para urgarte ese granito indeseable que hace que parezcas un simulacro de ferrero rocher.

Pero hay un problema, sobre todo con las ventosidades anales (que las lenguas vulgares de los países bárbaros denominan pedo; abundando más en las curiosidades lingüisticas, en las tierras lejanas del sur, por eso de aligerar peso, le llaman peo). Dependiendo de la duración del viaje en el ascensor, del tramo en el cual se te escape o expulses voluntariamente, del nivel de toxicidad del gas exhalado, del sitio adonde te dirigas, estás deseando que, cual personaje perseguido por Nicholson en El Resplandor, cuando se abran las puertas, no haya nadieeeeeeeeeeeeee. Porque, claro, si se abren las puertas, y te encuentras a un alto ejecutivo, o al conserje, o a tu compañero favorito, o a la musa de tus más húmedos sueños, ¿qué haces? Pues, ¿qué vas a hacer, carajo? Mirar al techo, esperar que a tu acompañante momentáneo o viajero en solitario le haya sobrevenido un ataque virulentísimo de atasco nasal, que esté medio zombi y sus sentidos los tenga donde está el arroz del barco (sí, ese que se perdió).

¿sube para arriba o baja para abajo?

Un dilema. Con lo bien que se suele quedar la gente (lo digo por lo que me cuentan, que a mí eso jamás me ha pasado…) cuando da rienda suelta a sus vientos del sur (de los que algunos podrían pasar a los ANALES de la historia), lo mejor sería reprimirse las ganas. Pero, todos conocemos de los efectos sencundarios de la represión, que tarde o temprano termina estallando por cualquier sitio o en cualquier momento, pudiendo pillarte en mitad de un pasillo o comulgando en misa. En este caso, ¿qué categoría de pecado adquiriría tal osadía?

Bueno, ahora lo dejo, que he de ir al w.c., bueno, o al ascensor, que tanto monta …

Por cierto, he estado hablando con la RAE y me dicen que trepanar es “Horadar el cráneo u otro hueso con fin curativo o diagnóstico”. El fin curativo no es otro que sacarse los mocos.

Y un último apunte, ¿alguien se ha atrevido a contar la cantidad de mucosidad reseca que hay en el suelo de goma de los ascensores?

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