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Mocos | Dale que te blog

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03/02/2010
/ Por Glan

A veces recuerdo con nostalgia a mi progenitora, o sea, la madre que me parió, sentada en su butaca con dos alargadas agujas que tenían poco de agujas. Poco, porque pinchar lo que se dice pinchar, pues como que no, más bien podías llegar a saltarle el ojo a tu primo en una de las luchas sin cuartel en las que emulábamos a Dartacán y los 3 mosqueperros, porque el otro, el de Dumas, tardaría un poco más en echármelo a los ojos. Junto a las susodichas, era igual de importante para ella su ovillo de lana que saltaba al ritmo del tirón que le daba cuando había agotado la hebra que iba necesitando para confeccionar con paciencia y esmero esos jerseys que nos hacía ponernos a mis hermanas y a mí y que tan poco nos gustaba, teniendo en cuenta que por aquella época teníamos un sentído del ridículo más grande que la cola del inem un lunes por la mañana.

Y todo esto viene, porque he encontrado unos modelitos que bién pudiera habernos confeccionado mi mamá, para evitar que los líquidos acuosos, provinientes de las fosas nasales no terminaran convirtiéndose a causa del frío en aquellas entrañables y asquerosas estalactitas tan típicas de aquella edad. Cómo hubiéramos fardado en el cole con uno de estos…

¿Modelo pulpo o Futurama?

Modelo 2012

2 en 1

Modelo Agatha Ruiz de la Lana

...

Multicolor

Y éste, ¿ve algo?

Ya tienes ideas, ahora sólo queda que le pidas a tu madre las agujas, te compres un par de ovillos y a tejer, que dicen por ahí que es muy terapéutico y de seguro nos lo vas a agradecer. ;)

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17/09/2009

He de reconocer que jamás he tenido ascensores fiscales, ni contable, ni nada ni nadie que se la parezca. Tampoco los tengo en mi casa para subir a la planta de arriba o bajar a la planta de abajo. Desde que hace unos años estuve a punto de perder mi antebrazo izquierdo por atrapamiento (¿cuál es el sustantivo para aplicar al verbo atrapar?) mi relación con los ascensores-elevadores-montacargas no ha sido de las que gozan de la mayor de las confianzas.

Sin embargo, los ascensores son como los w.c. Me explico. Los w.c., en los que te sientas y estás a solas, con la puertecita cerrada, para llevar a cabo los menesteres propios de un lugar tan mítico e insigne (que no enumero por estar sujeto a una ingente cantidad de variaciones según la intenciones de cada individuo), son un lugar de culto, un sitio al que vas para dar lo mejor y/o peor de ti, un habitáculo que se puede asemejar a un idílico paraíso de retiro, o a la carcel más dura y cruel.

Como iba diciendo, los ascensores son muy parecidos, aunque dependiendo de si entras solo o acompañado (como al váter, si vas solo no haces lo mismo que si vas acompañado, o depende, claro). Al tratarse, normalmente, de lugares públicos, al utilizar un ascensor (o un váter), si vas solo puedes aprovechar para hacer esa llamada indiscreta, que no deseas que nadie oiga, para hacerte una trepanación vía fosas nasales, para dar rienda suelta a esos vientos de ultratumba que hacen que desees llegar al aire libre lo antes posible o para urgarte ese granito indeseable que hace que parezcas un simulacro de ferrero rocher.

Pero hay un problema, sobre todo con las ventosidades anales (que las lenguas vulgares de los países bárbaros denominan pedo; abundando más en las curiosidades lingüisticas, en las tierras lejanas del sur, por eso de aligerar peso, le llaman peo). Dependiendo de la duración del viaje en el ascensor, del tramo en el cual se te escape o expulses voluntariamente, del nivel de toxicidad del gas exhalado, del sitio adonde te dirigas, estás deseando que, cual personaje perseguido por Nicholson en El Resplandor, cuando se abran las puertas, no haya nadieeeeeeeeeeeeee. Porque, claro, si se abren las puertas, y te encuentras a un alto ejecutivo, o al conserje, o a tu compañero favorito, o a la musa de tus más húmedos sueños, ¿qué haces? Pues, ¿qué vas a hacer, carajo? Mirar al techo, esperar que a tu acompañante momentáneo o viajero en solitario le haya sobrevenido un ataque virulentísimo de atasco nasal, que esté medio zombi y sus sentidos los tenga donde está el arroz del barco (sí, ese que se perdió).

¿sube para arriba o baja para abajo?

Un dilema. Con lo bien que se suele quedar la gente (lo digo por lo que me cuentan, que a mí eso jamás me ha pasado…) cuando da rienda suelta a sus vientos del sur (de los que algunos podrían pasar a los ANALES de la historia), lo mejor sería reprimirse las ganas. Pero, todos conocemos de los efectos sencundarios de la represión, que tarde o temprano termina estallando por cualquier sitio o en cualquier momento, pudiendo pillarte en mitad de un pasillo o comulgando en misa. En este caso, ¿qué categoría de pecado adquiriría tal osadía?

Bueno, ahora lo dejo, que he de ir al w.c., bueno, o al ascensor, que tanto monta …

Por cierto, he estado hablando con la RAE y me dicen que trepanar es “Horadar el cráneo u otro hueso con fin curativo o diagnóstico”. El fin curativo no es otro que sacarse los mocos.

Y un último apunte, ¿alguien se ha atrevido a contar la cantidad de mucosidad reseca que hay en el suelo de goma de los ascensores?

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