Era la pregunta que le hice a la camarera, presuntamente japonesa, que me trajo el plato de tallarines con pollo o Yakisoba, para ser más japos. De la misma, la mujer cogió el plato y se lo llevó a la barrita que tenían instalada en la entrada del restaurante, donde hacían esperar a los clientes mientras preparaban la mesa donde los acomodaban finalmente.
¿Por qué se llevó el plato a la barra? Buena pregunta. Pues porque allí estaba la otra presunta japo, con la que se turnaba en las labores de servir las mesas, limpiar las mesas, las planchas, encenderlas, apagarlas (las planchas me refiero), atender la barra, acompañar a los clientes a las mesas, hacerlos esperar, ponerle el “güiski con sévena” al de la barra que es vecino y que le coge más cerca el japonés que cualquier otra cafetería o pub y demás tareas propias del negocio. A la hora de identificar al pollo solo la segunda parecía apta y de ahí que paseara mis tallarines hacia la entrada.
Vayamos organizando para que quede todo clarito, que nos perdemos.
Reunión de amigos, tres para ser exactos. Decidimos ir a comer a un restaurante japonés. La semana anterior tras los consejos de mi amigo y colaborador de este blog, Franpedorro, habíamos descubierto otro restaurante, también de origen nipón, del que salimos la mar de contentos y satisfechos. Las ganas de repetir nos llevó a este segundo. Tremendo nuestro error al repetir en distinto entorno. Nada que ver.
Si ir al primero se convirtió en una experiencia espectacular, pues era puro espectáculo ver cocinar a esos japos sobre la plancha, haciendo juegos malabares con cuchillos, saleros, huevos, e incluso lanzándote trozos de tortilla al aire para que los cazaras como lo hace mi perra cuando le lanzo sus chuches, entrar a este otro era más bien como transportarte a una mezcla de chino depre con unos toques de barecillo cutre de pueblo, como ése que se te ha venido a la mente, ése mismo.
Tras 15 minutos de estar allí el humo se iba adueñando del local hasta tal punto que nos hizo pensar que los tropecientos extractores que colgaban del techo eran de cartón-piedra e imitación china que ya se saben como son para imitar y que el único que funcionaba realmente era el que estaba bajo el único cocinero que tenían en plantilla dispuesto a cocinar delante del cliente, ataviado eso sí, con su pañuelo blanco atado al la cabeza haciendo coincidir el punto rojo con la frente del citado cordon bleu.
Y ahora sigo donde lo dejé. ¿Dónde está el pollo? Y ahí que se lleva la mujer mis tallarines para la barra donde la otra japo le explica dónde y se vuelve a la mesa y con la frialdad que solo japón sabe criar y señalando con un tenedor mientras hacía hueco con el mismo entre los tallarines me dice: – Ahí está el pollo.
Gracias a que llevo siempre mi camarita preparada por si se tercia, hoy puedo mostraros que efectivamente ahí estaba el pollo. Ahí, ¡¡con dos cojones!!
No terminó con ello nuestra enriquecedora experiencia “culijaponaria”, no, aún quedaba querer cobrarnos lo que se habían comido en un intento de dejarnos el culo como su amada bandera.
Definitivamente, más vale malo conocido…que tener que preguntar dónde está el pollo.
Nota: Esta entrada va dedicada a los 100 seguidores que siguen nuestros i-rreverentes pasos. Por ustedes.









