Domingo cercano a las fiestas más consumistas del año. En una ciudad de la costa y en su calle céntrica más conocida. Gente por doquier. Ya estás en situación.
Voy paseando entre la multitud de la mano con mi pareja, cuando divisamos (qué bien hablo) un grupo de esa multitud, agolpada rodeando a quién sabe qué. No menos curiosos que el resto nos acercamos. Perdón. Me permite. Un momento, por favor. Ya estoy en primera fila. Mi corta estatura no me permite ver nada si no es asÃ, o contorsionando mi cuello para encontrar entre culos (son los que suelen estar a mi altura de visión) un huequito que me permita saciar mi curiosidad, la misma que me acercó a la marabunta.
Sin desviarme del tema, estabamos en que ya conseguà la primera fila. En esa situación privilegiada descubro a Mr. Orkester.
Como bien dice en su espacio, ver a este chico en plena calle convirtiéndola en una pista de baile, cuanto menos te saca una sonrisa, y asà nos ocurrió a los dos.
Este hombre convertido en orquesta como los de toda la vida, de los la vieja escuela, manejaba con soltura varios instrumentos simultáneamente, con los que ponÃa la música a una canción fácil de identificar para cualquier amante de la buena música, melómano e incluso nada de ello, simplemente porque son canciones con las que todos hemos sido programados para hacerlas parte de nuestro patrimonio de recuerdos musicales, enlazadas ellas a ese momento mágico, a esa pelÃcula que nos gustó, aunque sólo fuera por su banda sonora precisamente, o a ese anuncio de la caja tonta que nos repitieron hasta la saciedad para con ello “marcarnos” musicalmente hablando.
Por si esto fuera poco, el chico en cuestión de pongamos unos veintitantos, poseÃa una voz al cantar, que no al hablar con él después de su corta actuación, bien parecida a la de un asiduo bebedor de gasolina mezclada con tequila, y que casualmente era bien parecida a la del intérprete de la canción original, ésa que nos marcó en su momento. En pocas palabras, rajada y dolorosa como pocas y que encajaban a la perfección entre las notas que manaban de su genial orquesta.
Recorriendo ciudades, venÃa desde Noruega, a hacernos pasar un rato ameno y corto, (ya sabemos de sobra que cuando algo gusta, no queremos que termine) subsistiendo con los euros en este caso, de la propina que pudiera sacar en estos dÃas tan solidarios, y de la venta de los cds, con algunas de sus interpretaciones, que el mÃsmo habÃa grabado (sorprendiendo su calidad sonora, por cierto) y empaquetado en una caja de cartón de lo más ecológica, decorada con dibujos y tÃtulos de las canciones, húmedos todavÃa de la tinta, desprendiendo su olor tan caracterÃstico, porque no fue otro sistema que el sello (“stamp” como nos dijo) el que estampó esa huella perfumada sobre el cartón. Hoy ya se iba, volvÃa directamente al aeropuerto, ya que no querÃa gastar dinero en pensión para unas pocas horas, preferÃa dormir entre aviones unas horas, sin pensar, como nos dijo, que muy pronto habrá pasado de los cerca de veinte grados impensables en estas fechas, a cerca de los mismos pero bajo cero, que les esperan en su pueblo natal.

Mr. Orkester
No voy a hablaros más de instrumentos, ni de hombres orquesta, porque para eso ya está San Güguel, por poner un ejemplo.
Simplemente quiero hacer un pequeño homenaje desde mis humildes lÃneas, a todos estos músicos que luchan por la música de verdad. Sin alardes técnicos, sin disfraces, sin posturitas divinas cuando cantan, sin necesidad de estar en los 40 dinerales, sin groupies, sin exigencias a la hora de tocar porque no les satisface el espacio que le ofrecen, sin sociedades generales de autores que les suda la música, porque ya sabemos lo que les gusta.
Quiero hacer un homenaje a los músicos sin más pretensiones que vivir el dÃa a dÃa transmitiendo melodÃas, que como a Mr. Orkester, le aportan la ayuda suficiente para poder moverse de aquà para allá para seguir transmitiéndola, conocer gente, abrir mente y dejar el buen sabor de boca de la gente que se lo encuentre en una de sus múltiples pistas de baile improvisadas, que luchan por la música de verdad, lo demás no me lo creo.
Afortunadamente he tenido el gusto de conocer a muchos músicos, de los de verdad, y de los de mentira también, de los que aman la música y puede que nunca puedan vivir de ello, de los que empezaron como un atrevimiento de la juventud y la experiencia, la constancia, la humildad y saber hacer amigos (para mà estas tres últimas, muy importantes) le han abierto brecha entre tanta porquerÃa y ahà están subiendo escalón a escalón. Igualmente conozco de los que un dÃa la suerte o mala suerte, según se mire, les hace estar de moda, algo que no es del todo bueno sabiendo que las modas son pasajeras. También y los más importantes, a los músicos amigos, esos son los que marcan, los que tendrán siempre mi incondicionalidad, y también quiero recordarlos aquÃ, por ustedes MarÃa Rayo y Pepe Trueno (de Caradefuego), Lázaro Leiva con su bajo (actualmente en Rosbushka), Roberto o Rockberto como queráis (de ese Tabletom que quita el sentÃo), y a los que en su dÃa hicieron música para la gente y la siguen haciendo con menos gente enfrente porque es lo que les gusta, y sin más pretensiones que disfrutarla, ¿verdad Ricardo?
Si no están todos, será por mala memoria o falta de espacio, pero seguro que saben que mi homenaje va también por ellos. Por los músicos.
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